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Síntesis histórica de la ocupación del Territorio y conformación de identidades étnicas.
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Dinámica Social en el Altiplano y la Cuenca del Titikaka: del Formativo a los Estados Regionales Tempranos.
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INTRODUCCIÓN A LA ECONOMÍA Y COMERCIO TRADICIONAL AYMARA

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De relativa construcción moderna, en un proceso no acabado, puede considerarse la fusión entre el Aymara como categoría lingüística y como categoría étnica, no obstante permanecen vivas identidades étnicas. Su territorio actual está intervenido por la frontera de cuatro países: Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Las diferentes etnias hablantes de Aymara se distribuyen alrededor del Lago Titicaca (Titikaka) pasando por el altiplano boliviano y peruano y atravesando las regiones XV (Arica-Parinacota), I (Tarapacá) y II (Antofagasta) de Chile hasta el noroeste argentino.

La pertenencia a cuatro Estados diferentes obviamente los ha enfrentado a circunstancias de contexto y dinámicas particulares que marcan especificidades entre los Aymara de cada lado fronterizo. De esta forma, la realidad Aymara es diversa: el carácter pluriétnico del territorio tradicional, las dinámicas inter e intraétnicas, así como su incorporación al Tahuantisuyo, el periodo de la colonia y la posterior integración a Estados nacionales diversos configuran un panorama rico y complejo.

Explorar a profundidad la historia y realidad Aymara es una tarea titánica. Cada señorío tiene lo propio para contar, la manera como se apropió de un territorio y lo clasificó acorde con su cosmovisión, la distribución de las colonias que establecieron en otros ecosistemas respondiendo al patrón cultural de explotación vertical de pisos térmicos, las pugnas por acceder al control político, sus markas y ayllus, los del lago, los de la puna, los de los valles, los caravaneros-llameros, los mineros, los tejedores, configuran una realidad y una historia.

Los principios liberales bajo los cuales fueron fundados los estados nacionales a los que pertenecen presionaron desde todas las aristas de su accionar para construir una sociedad homogénea basada en el individuo. Los nuevos vientos de reconocimiento de la diversidad étnica y valoración de la pluriculturalidad marcan derroteros hacia la construcción de Estados incluyentes y reconocedores de los derechos individuales y colectivos de sociedades socio-culturalmente diferenciadas de aquellas que tradicionalmente han ejercido la hegemonía. A pesar del avance a nivel jurídico todavía está lejos la concreción de estos nuevos proyectos de naciones.

Para el caso de los Aymara la puesta en valor de su capital cultural y social pasa por desenmarañar las dinámicas a las que han estado vinculados cada fracción en relación con el Estado que les tocó. Aunque en todos los casos han sufrido la exclusión y hacen parte de los sectores más empobrecidos, económicamente hablando, de sus países, el estado del arte en cada caso es diferenciado.

Desde el punto de vista de los sistemas de producción tradicional Aymara en la zona de influencia de la Alianza Estratégica Aymaras sin Frontera –AE AsF, específicamente en la zona alto andina o de puna, que dentro de su sistema de representación es donde se ubican sus asentamientos originarios, se desarrolla en uno de los ecosistemas reconocidos como de alta fragilidad y más severo en términos de clima, características que modelan la racionalidad subyacente a las decisiones asociadas a la producción y a la economía como son la disminución del riesgo, el máximo aprovechamiento de recursos por pisos térmicos y complementariedad en esferas productivas, en relaciones de intercambio, entre otras.

La economía sigue estando basada en la agricultura de subsistencia con aplicación de tecnologías ancestrales y el pastoreo de camélidos. En gran medida, la actividad productiva se desarrolla en el marco de una gestión territorial comunitaria basada en la rotación de las tierras, liderada por la autoridad originaria, cruzada por relaciones simbólicas entre todos los seres vivientes (humanos, naturaleza, deidades) presentes en el territorio, intercedida por rituales y bajo una ética sustentada en su cosmovisión que tiene como fin último alcanzar el buen vivir (bienestar conjunto) o suma qamañataki.

No obstante, este propósito no es fácilmente alcanzable ante la ruptura de los mecanismos de complementariedad subyacentes al modelo de explotación vertical de pisos térmicos (pérdida de territorios en valles; permanencia débil o inexistencia de redes de cohesión entre ayllus complementarios, fronteras internacionales), a la mayor presión sobre la tierra, al abandono de prácticas consuetudinarias de gestión territorial (menores tiempos de rotación de tierras, número de animales por encima de la capacidad de carga de los suelos, sobreexplotación de recursos como la queñua, en peligro de extinción, desuso de tecnologías e infraestructura agrícola ancestral, etc.), así como a políticas públicas (privatización del agua; trasvase hacia otras zonas, con impactos como el desecamiento de bofedales y vegas y de desertificación).

En este contexto es donde se hace evidente que la puesta en valor del uso cultural de la tierra, así como las instituciones y normas que se aplican para tomar decisiones sobre su manejo determinan, entre otros, la sostenibilidad ambiental del mismo y su mejor aprovechamiento tanto para fines de auto subsistencia (seguridad alimentaria), como para la vinculación en la esfera del mercado. En esta última, el capital paisajístico, arqueológico, así como el social y cultural se tornan puntos centrales del potencial de las comunidades Aymara. Igualmente, cobra sentido la permanencia del trueque como sistema de intercambio recíproco mediante el cual a nivel familiar se accede a aquellos recursos no producidos internamente, residual a la estrategia de intercambios complementarios instaurada desde tiempos pre-colombinos.

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